Aritz construye su obra desde la experiencia íntima, convirtiendo la escritura en un espacio de resistencia, identidad y refugio.
Desde su infancia, marcada por una profunda conexión con la lectura —especialmente con mundos de fantasía e historias que le permitían escapar de la realidad—, comenzó a desarrollar una mirada propia sobre el mundo. Para él, los libros no solo eran entretenimiento, sino una forma de habitar otras posibilidades, de existir sin las limitaciones que encontraba en su entorno.
Sus primeros escritos nacen en la niñez, en forma de diarios donde volcaba vivencias cotidianas y emociones difíciles de nombrar: el rechazo social y la sensación constante de no encajar. La escritura se convierte así en una herramienta para resistir, narrarse y sobrevivir.
Durante la adolescencia, este conflicto interno se intensifica. La soledad de no encontrar referentes cercanos marca una etapa de profunda confusión. Sin embargo, surge un punto de inflexión: el descubrimiento de referentes en internet que le permiten poner nombre a lo que siente.
Escribe desde la soledad, pero también desde una necesidad urgente de afirmarse. Con el tiempo, logra conectar con una comunidad que supone un punto de apoyo fundamental que le permite reconocerse, validarse y construirse desde la autenticidad.
El libro nace de ese recorrido: es una recopilación de vivencias que acompañan su proceso de transición y de afirmación como hombre. Más allá de ser un relato autobiográfico, la obra funciona como testimonio de resistencia frente a la incomprensión y la invisibilidad.
Hoy, Aritz escribe desde la certeza de quién es. Su obra no solo narra una transición, sino también un proceso de supervivencia emocional. A través de una voz honesta invita al lector a adentrarse en una historia que habla de lucha y de la importancia de existir.
Memorias sobre la adolescencia y la identidad
"Creo que en esos años el tiempo se detiene. Hay cosas que deberías estar viviendo, pero yo no las viví. Sabía que no encajaba porque las chicas hablaban de cosas de 'chicas' y los chicos igual, y yo no sentía que estuviera a gusto en ningún lado."
"Me sentí huérfano y perdí el rumbo porque no tenía a nadie que me dirigiese. Nadie de la institución se extrañó de que faltara tanto a clase; había mucha indiferencia y me sentí muy abandonado."
"Me costó aceptar que era igual de válida y que mi expresión era igual de queer aunque no hubiese vivido una opresión tan fuerte. Me sentía deslegitimada por no haber vivido esa opresión tan implícita."
"Le suplicaba a Dios que por favor me hiciera un hombre, que me cambiara los genitales. A los quince años descubrí que era trans y me habría encantado tener alrededor a alguien que me dijera que eso no era malo."
"En bachillerato me presenté como quería que me trataran, pero el cambio de nombre no fue bien recibido por mi grupo. Me trataban por mi deadname y cuestionaban mi identidad por no haber sido nunca 'demasiado masculino'."
"Ni siquiera te cuestionas que ser homosexual es una opción, ya que naces con la heterosexualidad puesta de fábrica. La presión por la sexualidad me hacía pensar que tenía que sentir algo porque no sabía si era normal no sentir atracción por nadie."

La parte más manual de este trabajo se basa en la linografía, un tipo de grabado que se caracteriza porque cada uno de los intentos necesitan un proceso y nunca es igual.

Mi parte favorita. Aquella que necesita tiempo, cariño y cuidado. Tanto como este proyecto. Se crean las líneas que definirán el futuro de este sello.

Las texturas aparecen, los colores toman forma y ves por primera vez el principio de cómo acabará este proceso. Algo tan ínfimo y pequeño comienza a tomar forma.

Tus primeros intentos. Todo influye, mucha tinta, poca, otros colores... Aquí es donde te ves por primera vez. Este es el reflejo de tu trabajo.